“Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías, mientras aguardan la gran felicidad” Pearl. S. Buck

escrito y vivido por Manoli Solís

Vivimos muy rápido, muy deprisa, lo queremos todo al instante, sin saber que eso significa rápido y mal. Malgastamos el amor, la amistad, las caricias a raudales como si la reserva fuese inagotable, dejando todo para después, y en ese “después” te puedes perder las mejores experiencias, los buenos amigos, los grandes amores, dejando escapar la tan deseada felicidad persiguiendo las ansiadas metas que paradójicamente nos producen una satisfacción efímera que se desvanece a una asombrosa velocidad.

Casi nada de lo que creemos importante, realmente lo es. Somos esclavos de horarios, ruidos, dinero, éxito, reconocimiento social, de lo que se espera de nosotros y no nos damos una tregua para respirar profundamente, pensar en las musarañas o hablar del sexo de los ángeles.

Esta vorágine de emociones, adrenalina, sentimientos, estímulos nos impide tener tiempo para pensar en lo que realmente merece la pena, provocando en nosotros una profunda frustración.

Una mujer muy sabia me dijo una vez que sólo tenemos aquello que no podemos perder en un naufragio. Existen muchos tipos de naufragio: emocional, físico, psicológico, económico…pero todos ellos nos da la oportunidad de empujar las varillas de nuestro reloj existencial para hacer lo que realmente deseamos, como cuando éramos niños y todo era posible porque nadie nos dijo que no podíamos conseguirlo.

Sólo ante la adversidad nos acercamos a lo realmente esencial, somos conscientes de los detalles aparentemente insignificantes de la vida, disfrutamos del placer de lo cotidiano, como la textura de una sábanas recién planchadas, el sabor de una tostada con mantequilla, el olor a tierra mojada o comprar cosas que no valen para nada pero que son bonitas, y descubrimos que deleitarse en la simplicidad del día a día, es lo realmente urgente, todo lo demás es secundario.

Vivir es fácil, lo difícil es asumir que es fácil.

Una vida plena, intensa no significa dar la vuelta al mundo, ganar una maratón, escalar el Everest. Vivir es experimentar, arriesgarnos, decidir, equivocarnos, caernos, levantarnos, aprender y para ello sólo debemos emprender el viaje de la vida sin más equipaje que el necesario, descargando nuestra mochila de cosas inútiles como la culpa, las críticas, las ausencias, los apegos, el miedo, las falsas creencias y los prejuicios.

Fluir, vivir el aquí y el ahora en cada instante, en cada momento, en cualquier circunstancia, soltando el pasado y aceptando lo que ocurrió como parte de nuestro crecimiento personal. Nada tiene de malo recordar, ser espectadores de todo aquello que forma parte de la biografía de nuestra vida, pero sin perpetuar lo pretérito.

Conectarse con el presente, sin aferrarnos a las expectativas de un futuro incierto, nos hace libres y nos permite abrirnos a las infinitas posibilidades que el universo nos ofrece y que ni siquiera nos atrevemos a imaginar.

Mi naufragio personal se llama “tumor craneal” y ocurrió hace cuatro años. En ese momento todo cambió. Aquel revés me dio la oportunidad de encontrar el sentido de mi vida. Descubrí que dar y recibir es lo mismo, que ayudar a otros a llevar una vida más digna, ennoblecía la mía, porque como decía Oscar Wilde “El egoísmo verdaderamente inteligente consiste en procurar que los demás estén muy bien para que, de este modo, uno esté algo mejor.”

Hoy en día soy feliz. Perdí un ojo, pero aún me queda el otro; estoy en paro, pero trabajo con entusiasmo y dedicación para que unos niños y adolescentes puedan optar a un futuro mejor recibiendo mucho más de lo que doy. Soy capaz de disfrutar de un instante de ternura diario, de cerrar los ojos y no desear nada, porque todo lo que necesito ya lo tengo. La gratitud se ha convertido en mi oración silenciosa, en una filosofía de vida que me permite tener una conciencia plena de la unicidad del todo.

No creo ni en la buena ni en la mala suerte, sino en aprovechar las oportunidades que el azar nos proporciona, en colaborar en lugar de competir.

Tan solo aspiro  reírme a carcajadas, a no ignorar el malestar de otros, a llorar sólo cuando merezca la pena, a no dejarme engañar por falsos halagos ni por críticas maledicentes, a encontrar la fuerza en el perdón, seguridad en el palco del miedo, a encontrar la alegría en el anonimato, y el reconocimiento de las personas que amo y me aman.

A vivir de tal suerte, que cuando llegue el momento de regresar al “hogar”, una sonrisa dibuje mi rostro, porque me marcharé sin cargos de conciencia de lo que debió ser y no fue, sin resentimientos, sin cuentas pendientes, sabiendo que di lo mejor de mí, que rebañe la vida, exprimiendo cada momento, que fui una voz no un eco.

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