Por Cristina Hernando

 

Caminando entre elefantes

 

Iba yo caminado por la vida sin pausa, pero sin prisa disfrutando de los días de sol, de los amigos, de los buenos libros, de las cosas bonitas, cuando de repente me encontré con un elefante. No recuerdo bien si fue en una calle, en una plaza o en el mercado, la cuestión es que allí estaba.

― Perdona. ¿Me concederías un minuto? ―Me preguntó.

Lo miré detenidamente y un poco sorprendida, la verdad. Nunca había visto un elefante en la calle y ¿un elefante que hablaba? ¡Jesús! Llegué a pensar que me había vuelto loca, que el café me estaba provocando alucinaciones, que las cañas de la noche anterior me estaban pasando factura…, incluso que había una cámara oculta y me iba a ver en la tele en un programa de esos “tan originales” de vídeos chorra.

Después de unos segundos de confusión, decidí dar libertad a mi yo aventurero, curioso, y le concedí ese minuto.

― ¡Claro! ―Le contesté ― ¿En qué puedo ayudarte?

― Muchas gracias, pero no necesito tu ayuda, te ofrezco la mía ― me dijo.

― ¿Tu ayuda? No entiendo bien. ¿Para qué necesito tu ayuda?

Me miró con sus ojos enormes, movió sus grandes orejas y me señaló con la trompa un banco.

― Ven. Sentémonos ―me dijo ― y te lo explicaré. Llevo días observándote. Sí. Tú no te has dado cuenta, pero así es.  Me gusta lo que haces, me gusta lo que piensas, me gusta tu actitud ante la vida. Sé que hay algo que te ronda la cabeza desde hace mucho, que te hace ilusión y que te haría muy feliz. Sé que estás ocupada, pero el tiempo es elástico y no se necesita tanto para conseguir lo que deseas. ¿No crees?

A estas alturas de la conversación ya tenía claro que estaba alucinando. ¿Un elefante que habla? ¿Qué me observa? ¿Que sabe qué tengo en la cabeza? ¿Me está pasando de verdad? ¡Qué fuerte!

― Tranquila. No estás loca, ni soy una alucinación. Solo he venido a decirte que si quieres, puedes y que yo te ofrezco mi ayuda… si me lo permites.

Muy tranquila no estaba, pero no parecía agresivo y me decía cosas con sentido, coherentes… y  además me ofrecía su ayuda desinteresadamente.  Si ya había dejado libre a mi yo aventurero, ¿por qué no probar? Total, mucho no iba a perder y tal vez podría ganar algo.

― Está bien ―le respondí ― Voy a aceptar tu ayuda, pero solo si crees que lo que estoy pensando es posible.

― Lo que piensas es posible si tú lo crees ― me replicó ―, yo solo voy ayudarte a empezar a caminar. ¿Aceptas?

― ¡Acepto!

Y así fue como empecé a caminar con elefantes, a conocerlos y a apreciarlos. Ahora formamos un grupo muy variopinto y colorido, cada uno con su historia, y nos divertimos y hablamos de cómo nos va la vida y ayudamos a otras personas a ser felices.

¿Y sabéis qué? Que aunque la vida no sea de color rosa, no me importa, porque el rosa no es mi color y porque siempre habrá cientos de colores para elegir. El mío es el naranja. ¿Y el tuyo?

Cristina Hernando. Octubre de 2018

  Fotografía de : https://fotospix.blogspot.com

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